junio 17, 2011

NOTICIAS CURIOSAS: El pueblo de los nombres raros


Paraíso de los nombres raros, Huerta de Rey convierte a sus vecinos en seres únicos. Todo empezó por una ocurrencia del secretario municipal en 1890…

Huerta de Rey atesora una colección de 333 raros nombres propios impuestos desde el siglo XIX hasta nuestros días. La lista empieza con Abundancio, Acisclo, Adelfo, Aglae, Aldegunda, Águila, Alarico, Anesia...

 Hierónides Ranulfo Moreno es nieto de Adolfo Moreno, secretario del ayuntamiento y del juzgado de paz y responsable último de que Huerta de Rey sea el lugar con los nombres más raros de España (y de parte del extranjero). Aquel hombre, movido por la buena fe (nadie lo duda), quiso acabar con algunas incómodas situaciones que padecía el pueblo. Un quinto, pongamos que uno de los catorce Félix Guerrero Molinero en edad de servir, enviaba una carta desde Tetuán a una de las doce María Rica Cámara vecinas de Huerta de Rey. Como entonces las calles no tenían nombre, el cartero se volvía mico. La misiva rara vez llegaba a las manos adecuadas. «Recibía la carta cualquiera menos la novia. Y, claro, todo el pueblo acababa por enterarse de sus intimidades... Lo mismo pasaba con las citaciones y los recibos de la contribución», sonríe el bueno de Hierónides.

Así que el señor Adolfo Moreno se pertrechó de un librito del Martirologio, el catálogo de mártires de la Iglesia católica, y fue proponiendo nombres a los padres que llegaban al registro.

-A ver, tu chico nació el 12 de diciembre. San Espiridión de Trimithonte, pastor de ovejas... ¿Te gusta Espiridión? Si no estás seguro, pregúntale a tu mujer...
Y de esa forma fue llenándose Huerta de Rey de Edesias, Reineiras, Erencas, Columbinas, Auxibios, Meuris,Crispinianos, Hitas, Gorgonios, Walfridos, Juvencios, Gamalieles y Gasparas... por citar algunos de los 333 nombres propios que, con paciencia de castor, ha encontrado Hierónides Ranulfo Moreno en los archivos municipales desde 1890, año en que su antepasado empezó a sacarle chispas a aquel dichoso ejemplar del Martirologio Romano.

La verdad es que suenan bien. ¿Qué me dicen, por ejemplo, de Burgundófora Cancionila? Pues es una señora de edad, hoy vecina de Bilbao, de la que nadie es capaz de repetir el nombre a derechas. «No aciertan nunca. Balbucean, releen... acaban llamándome por el apellido. La verdad es que no se creen que me llame así», dice. A su hermano le llamaron Maerino.

Claro que la vida ha puesto a estas gentes nacidas junto a la frontera de Soria, en un pueblito de 800 vecinos, ante curiosas situaciones. Ahí va una.

«Un día iba con la moto y me paró un guardia. No llevaba la documentación encima y me puso una multa. Me pidió que se la firmara. 'Firme usted aquí'. Yo lo hice despacito, deliberadamente... Firmo. El hombre rompió el impreso. 'Así que de cachondeo, ¿eh?', me dijo. 'Que no, que me llamo Firmo', le dije. 'Venga, venga, no me tome el pelo...'. 'Se lo juro, que me llamo Firmo'. Nos llegamos al cuartel y se repitió la escena. Tuve que ir a casa a por el carnet. Me perdonaron la multa», se ríe con ganas Firmo Rica Guerrero, un viudo sesentón, que nos acompaña por las calles de Huerta de Rey. Aunque, la verdad, a Firmo todos le conocen por Chapiri, el mote que le puso su padre. Como él, la mayoría de los huertanos se conocen por el alias.
-«Aquí todos estamos muy orgullosos de nuestros nombres... En mi familia tengo ahora un Unai y una Naiara... esos sí que son nombres raros, je, je. Con lo fácil que es ponerle a uno Herótido, Batuilda, Isaura o Especioso, bueno, no Especioso no, que es nombre de perro...», se 'despotorra' Hierónides Ranulfo, representante jubilado de Piensos Pascual y un tipo con chispa.

-«Los nuestros son nombres con personalidad. Hombre, de joven no es fácil llamarse Ercilio, la verdad. Con las chicas yo prefería decir que era Luis o José... sobre todo las primeras veces. Luego, cuando había confianza, ya podías decirles el nombre verdadero», reflexiona Ercilio Núñez, más conocido por Vidriales, antiguo novillero y pintor con 300 exposiciones sobre motivos taurinos a las espaldas. «Son nombres que otorgan personalidad a quienes los llevan. Las cosas no son nunca inocentes», dice.

«He puesto a mi hijo Evilasio»

A las gentes de Huerta de Rey, aparte de esos patronímicos sonoros y arcaicos, les conocen en Castilla por lobos. Por aquí pasaba la cañada con los rebaños de ovejas merinas que transhumaban desde la sierra de la Demanda a los pastos frescos de Extremadura. Como a su paso por Huerta de Rey siempre se perdía alguna (no había más que abrir la puerta y tirar de la pata de una cordera), los huertanos se han quedado para siempre con ese mote lobuno.

Hierónides, Ercilio y Firmo nos acompañan en un paseo por el pueblo. Camino de la Calle Larga, la única que quedó en pie tras el incendio que destruyó Huerta de Rey en 1918, Antonio, un empleado del ayuntamiento que se afana en el arreglo de unas aceras chista a los forasteros. «¿Qué? ¿Buscáis nombres raros? Apuntad, que si no siempren salen los mismos: Iranda, Licerio... Y Arquisio, Parisio, Baraquisio...»

-«Y habéis sacado a la Exuperancia? ¿Y a la Digna? ¿Y a la Solemnidad?», se anima otro de la cuadrilla. Anotados quedan.

Cruzamos la carretera y aparece Carmelo. «La costumbre de los nombres permanece. Yo he puesto a mi hijo Evilasio, como mi padre y mi abuelo. Tiene 16 años y debe de gustarle. Pensaba que me iba a echar la bronca por semejante castigo y sin embargo está encantado¿Ve la pintada en esa señal de tráfico? Evil. Es él».

Miramos el río Arandilla, probamos el agua fresca de la fuente de los Diez Caños, y charlamos con Vistila Rica (71 años). «De pequeña no me hacía mucha gracia, la verdad. Había uno, Vidal, que me tomaba siempre el pelo cuando iba a por agua a la fuente: 'Mírala, vístela, cálzala...», recita Vistila volviendo a ser una chiquilla. Y, más tarde, junto al monolito erguido en Homenaje al Nombre Propio, recuerdo ante tanta exuberancia, asoma Plautila Aguilera. Esto es una mina.

-«Y esto tiene cosas buenas. Una vez tuve una carta. Sólo habían escrito Hierónides Moreno (Valladolid). Llegó. Hay muy poca gente que me llame bien... pero, yo, escucho». Y Hierónides Ranulfo se parte la caja.