junio 08, 2011

ENIGMAS: Misterios de nuestro tiempo

LA MALDICIÓN DE JAMES DEAN





El prometedor actor norteamericano James Dean murió en un trágico accidente automovilístico en septiembre de 1955. Después, cuando los restos del coche fueron llevados a un garaje, el motor se desprendió y cayó sobre un mecánico, rompiéndole ambas piernas. El motor fue comprado luego por un médico, que lo colocó en un coche de carreras, y murió poco después. 

En la misma carrera pereció otro conductor que se había instalado la palanca de cambios del coche de Dean. Después, el automóvil del actor fue reconstruido.., y el garaje se incendió. Fue exhibido en Sacramento y cayó del pedestal, rompiendo la cadera a un adolescente. Más tarde, en Oregon, el camión que transportaba el coche patinó y se estrelló contra la fachada de una tienda. Finalmente, en 1959, se partió en 11 pedazos mientras estaba apoyado en una sólida base de acero. 






ANIMAL VIVO HALLADO DENTRO DE UNA PIEDRA






En 1851 en Blois, Francia, trabajadores hallaron un sapo vivo al partir un trozo de pedernal de aproximadamente seis kilos. Al ser liberado, saltó fuera del agujero y se alejó rápidamente, pero fue atrapado por los obreros, los cuales lo colocaron en el mismo espacio de la piedra y lo mandaron para su estudio, a la Sociedad de Ciencias. 

El sapo fue llevado al sótano de la sede de la Sociedad, donde permaneció en la piedra, cuando se le quitaba la parte superior, en la oscuridad, permanecía quieto pero al estar iluminada la habitación el sapo trataba de escapar. 



COINCIDENCIAS ASOMBROSAS


Franz Richter de 19 años nacido en Suecia, fue un joven voluntario enrolado en el Cuerpo de Transporte austríaco durante la Primera Guerra Mundial. Un día fue internado en el hospital aquejado de neumonía. En ese mismo hospital se hallaba internado otro paciente del Cuerpo de Transporte llamado también Franz Richter, de 19 años y también aquejado de neumonía. 

.En 1975, en Bermudas, un hombre fue atropellado y muerto por un taxi al ir en una bicimoto. El hecho ocurrió exactamente un año después que su hermano fue muerto al ir conduciendo la misma bicimoto, por la misma calle y por el mismo taxista, que llevaba el mismo pasajero del accidente anterior. 

Cuando el actor Anthony Hopkins firmó el contrato para interpretar un papel en la película La chica de Petrovka, basada en la novela homónima de George Feifer, trató en vano de hallar un ejemplar de la novela. Luego de recorrer las tiendas de Charing Cross Road, cansado y desilusionado, ingresó al metro de Leicester Square para regresar a su casa. En un banco de la estación encontró un ejemplar del libro, olvidado por un pasajero. 






EXRAÑOS ESQUELETOS






En el condado de Bradford, Pennsylvania, en 1880 fueron encontrados, en un túmulo sepulcral, esqueletos humanos cuyos cráneos mostraban unos cuernos de cinco centímetros, encima de los arcos ciliares. La altura promedio de los esqueletos era de aproximadamente 2,13 metros. Su antigüedad se calculó en 800 años. Algunos de estos huesos fueron enviados al American Investigating Museum de Filadelfia, de donde parece que desaparecieron. 

En la caverna de Lovelock, en 1911, mineros que trabajaban en los depósitos de guano, encontraron restos indios y una momia de una persona de una estatura de 1,98 metros. Un cráneo gigantesco hallado en esta caverna son exhibidos junto a fotografías y objetos encontrados en la caverna, en el museo Humboldt de Winnemucca. Midiendo la longitud de sus fémures se dedujo que pertenecía a un pueblo cuyos miembros tenían una estatura entre 1,80 y 3 metros. 







CARRETERA FATAL





En el verano de 1929 fue inaugurada una nueva carretera entre Bremen y Bremerhaven, Alemania. En el lapso de un año, más de cien automovilistas se habían accidentado en forma muy misteriosa en ella. 

Estos accidentes siempre sucedían en el kilómetro 239. Este era un tramo totalmente recto. Al ser interrogados por la policía, los sobrevivientes declaraban que al acercarse a ese lugar una rara sensación les había invadido y que una fuerza misteriosa se había posesionado de sus vehículos arrojándolos fuera de la carretera, sin poder impedirlo. 



BOLAS DE FUEGO





Durante siglos, la ciencia rechazó la existencia de bolas luminosas argumentando que se trataba de una mera superstición. Y aunque actualmente las "bolas de fuego" están reconocidas por la ciencia, sus causas permanecen sin explicación. 
Volando hacia Elko (Nevada, Estados Unidos) en una misión de rutina para reabastecer en vuelo a bombarderos B47, el 16 de junio de 1960, un avión cisterna KC-97 de las Fuerzas Aéreas americanas encontró una capa de nubes a 5.500 metros de altura. 

El piloto observaba el panel de instrumentos cuando se vio sorprendido por una bola luminosa de color blanco amarillento y unos 45 cm de diámetro que atravesaba silenciosamente el parabrisas. Pasó entre los asientos del piloto y del copiloto y recorrió la cabina, después de pasar junto al navegante y al ingeniero. 

El piloto ya había sufrido el impacto de un rayo en dos ocasiones anteriores, y supo que la explosión era inminente. Su reacción inmediata de aviador experimentado fue concentrarse en el vuelo, antes de volverse y mirar cómo la bola se dirigía hacia la cola del avión. 

Después de unos segundos de angustioso silencio, los cuatro hombres que iban en el compartimiento de vuelo oyeron por el intercomunicador la voz excitada del encargado del abastecimiento, que estaba instalado en la cola del avión. Una bola de fuego había llegado rodando a través del compartimiento de carga, había danzado sobre el ala derecha y había caído sin causar daños. 

Este extraño informe se refiere al fenómeno de la bola luminosa, uno de los muchos fenómenos naturales que la ciencia no puede explicar. De hecho, las propiedades de las bolas luminosas son tan difíciles de explicar que, durante años, los hombres de ciencia dudaron de su existencia. Su punto de vista era tajante: si algo no tiene explicación, no existe. 

Desgraciadamente, esa actitud es bastante frecuente. La caída de meteoros en la Tierra fue considerada secularmente como una superstición de campesinos ignorantes. Y, por cierto, pese a muchas observaciones bien documentadas de estos cuerpos incandescentes, los escépticos llegaron a estar tan seguros de sus argumentos que valiosos especímenes de meteoritos fueron eliminados de los museos y destruidos, ya que las historias de meteoritos caídos del cielo se tenían por meras supersticiones. 

La controversia de las bolas luminosas dividió a la comunidad científica desde principios del siglo XIX, cuando aparecieron los informes completos sobre el tema. En 1890, gran cantidad de globos luminosos parecidos a bolas de fuego aparecieron en un tornado y fueron tema de una reunión de la Academia francesa de Ciencias. Las brillantes esferas entraron en algunas casas por las chimeneas, y al desaparecer dejaron agujeros circulares en las ventanas. 

Un miembro de la Academia se puso de pie al finalizar el informe y comentó que las extraordinarias propiedades supuestamente atribuidas a las bolas de fuego no debían tomarse muy en serio, ya que los observadores debían haber sufrido ilusiones ópticas. La acalorada discusión que siguió concluyó en acuerdo: las observaciones hechas por campesinos ignorantes carecían de valor. En ese momento el ex emperador del Brasil, miembro extranjero de la Academia, hizo callar a todos, al comentar que él mismo, con sus propios ojos, había visto bolas luminosas. 
Aún hoy, muchos de los informes siguen teniendo una cierta aura medieval de brujería y magia, cosa que no ha ayudado a que los escépticos se interesen por el tema. Las observaciones, sin embargo, se han multiplicado y las pruebas de la existencia de bolas de fuego parecen actualmente irrefutables. 

Una observación relatada con mucho detalle corrió a cargo de un químico ruso, M.T. Dmítriev, en 1967. Estaba acampando junto al río Onega, en Rusia occidental, cuando se produjo un intenso relámpago. Apareció una bola de fuego, que quedó suspendida sobre el agua. Consistía en una masa ovalada de luz, con un núcleo blanco-amarillento, rodeado de capas violeta oscuro y azul. 

Sin que, aparentemente, le afectara el viento, se mantuvo a una altura de unos 30 cm por encima del agua. Dmítriev la oyó crujir y silbar cuando pasó volando sobre su cabeza, en dirección a la orilla del río, donde quedó inmóvil unos 30 segundos. Dejó una estela de humo acre y azulado mientras pasaba por un bosquecillo. Rebotaba como una bola de billar entre los árboles, emitiendo ráfagas de chispas. Al cabo de un minuto, desapareció. 

A partir de éste y de otros informes similares, es posible esbozar las propiedades "típicas" de las bolas luminosas. En general, aparecen en momentos en que caen rayos. Las bolas son generalmente esféricas o en forma de pera, con bordes algo borrosos, y su tamaño oscila entre un centímetro y un metro de diámetro. Brillan con tanta luminosidad como una bombilla eléctrica; su color varía, pero con frecuencia son rojas, anaranjadas o amarillas, y suelen durar desde un segundo hasta más de un minuto. 

La desaparición de una bola luminosa puede ser silenciosa o ir acompañada de una explosión. Probablemente, el informe más conocido de una bola luminosa que causó daños materiales apareció en 1936 en el Daily Mail. El corresponsal escribía que durante una tormenta vio una gran bola "de un rojo ardiente", a la que después atribuía el "tamaño de una naranja", que bajaba desde el cielo. Golpeó la casa, cortó el cable del teléfono, quemó el marco de la ventana y después se hundió en una bañera llena de agua que estaba debajo de la ventana. El agua hirvió durante algunos minutos, pero cuando se enfrió no se encontró nada en ella. 

¿Con cuánta frecuencia se produce el fenómeno? En una encuesta, se preguntó a 4.000 empleados de la NASA si habían visto bolas luminosas. Sus respuestas indicaron que es un hecho más corriente de lo que se pensaba: El número de rayos normales junto a los cuales se ha observado la aparición de bolas luminosas revela que éstas no son un fenómeno poco corriente. En contra de lo que suele creerse, la aparición de bolas de fuego puede ser casi tan frecuente como la de los rayos. 

Enfrentados con un fenómeno de características tan poco usuales, los hombres de ciencia lo han pasado mal buscando una teoría que encaje con los hechos. Muchos han desarrollado complicadas teorías, para explicar el asunto como una "alucinación" o una "imagen persistente". 

¿Pura imaginación? 
El científico canadiense Edward Argyll afirma que las bolas luminosas son simplemente una ilusión óptica. Dice que cuando cae un rayo crea un resplandor tan brillante que el observador, deslumbrado, cree ver una imagen persistente y fácilmente confundible con una bola luminosa. 

Con esta teoría, el doctor Argyll puede, finalmente, explicar las extraordinarias propiedades de las bolas de fuego, desesperación de los teóricos que intentan encontrar un mecanismo físico plausible para ellas. Se dice que las bolas luminosas pasan a través de superficies sólidas, como por ejemplo pantallas metálicas; un deslumbramiento explicaría esta capacidad. Por otra parte, los deslumbramientos duran de 2 a 10 segundos, y la mayor parte de bolas luminosas parece tener una duración semejante. 

A diferencia de las bolas luminosas, las imágenes subsiguientes a un deslumbramiento no generan sonidos. Pero eso no representa ningún problema para un escéptico hombre de ciencia. "El observador típico, en estas circunstancias, imagina fácilmente ruidos de acompañamiento adecuados". Pero, ¿qué hace el doctor Argyll con los casos en que la bola de fuego deja rastros físicos de su presencia? Simplemente rechaza las pruebas que contradicen su teoría: "Si la bola luminosa es una ilusión óptica, no parece irracional caracterizar esos informes como poco fiables." 
Pero no cabe duda de que, por imperfectas que sean las observaciones y a pesar de su extraño comportamiento, las bolas luminosas existen. Nadie niega la existencia de los efectos ópticos, y la mayor parte de nosotros los hemos experimentado. Pero, ¿cómo pueden explicarse las bolas de fuego que aparecen ante más de un observador en el mismo momento, que tienen precisamente la misma forma y que recorren el mismo camino? 

Real, pero misterioso 
Una antigua teoría sugería que las bolas eran burbujas incendiadas de gas inflamable, liberado por el impacto de un rayo en la tierra. Pero si así fuera, ¿cómo podría llegar una burbuja de gas a la altura de un avión? ¿Podría atravesar paredes sólidas, como han hecho tantas bolas luminosas? 

Según un informe, una bola de fuego roja de unos 60 cm de diámetro excavó una zanja de más de 90 metros de longitud y un metro de profundidad en una superficie blanda, cerca de un arroyo, y después arrancó, literalmente, otros 23 metros del lecho del arroyo. Para cavar esa zanja la bola necesitaba una enorme potencia; para explicar este hecho se ha sugerido que en él debía de haber participado algún tipo de energía atómica. 

Sin embargo, cuando la bola luminosa ha sido observada de cerca no se han observado en ella efectos nucleares. Un incidente muy característico fue narrado por un ama de casa después de una violenta tormenta en Staffordshire, Inglaterra, el 8 de agosto de 1975. Estaba preparando la comida cuando una esfera llameante de luz apareció encima de la cocina. Se acercó a ella emitiendo un extraño ruido traqueteante y desplazándose demasiado rápido para que ella pudiera esquivarla. 

"La bola pareció golpearme bajo el cinturón, y automáticamente intenté sacudírmela. Mi mano se hinchó y enrojeció en el lugar donde la rozó. Parecía que mi anillo de boda me estaba quemando el dedo." La bola estalló haciendo un gran ruido y le chamuscó un poco la falda, pero no sufrió más daños. 

Una sugerencia aún más rara indica que una bola luminosa podría estar compuesta por diminutas partículas de antimateria meteórica de la estratosfera. Se ha dicho que las tormentas actúan como gigantescos aspiradores, que absorben partículas de polvo de antimateria. Cuando ésta entra en contacto con la materia normal es aniquilada gradualmente, liberando su energía en forma de bola de fuego. 

Otra teoría sostiene que las bolas luminosas son provocadas por corrientes que fluyen desde las nubes hasta el suelo. Al postular una fuente de energía exterior a la bola, esta teoría consigue explicar con elegancia la larga vida de las bolas de fuego pero, desgraciadamente, no aclara cómo pueden atravesar la piel metálica de un avión. 

Las bolas luminosas son tan misteriosas ahora como cuando se empezó a hablar de ellas, hace más de 1.000 años. En el siglo VI San Gregorio de Tours observó horrorizado cómo una bola de fuego de brillo cegador aparecía en el aire encima de una procesión de dignatarios civiles y religiosos, durante la consagración de una capilla. La visión era tan terrible que toda la procesión se arrojó al suelo. Como no existía una explicación razonable, supuso que se trataba de un milagro. Hoy en día, la mayor parte de los milagros han sido explicados por la ciencia, pero las bolas luminosas constituyen un fenómeno para el que todavía no se ha encontrado una explicación racional. 


IMPACTO DE METEORITO EN SIBERIA EN 1908







¿FUÉ ENERGÍA NUCLEAR?


La explosión de Tunguska fue el desastroso final de un visitante del espacio. Pero, ¿fue ese visitante una nave espacial, o el fragmento de un cometa? Las últimas investigaciones científicas ya han emitido su veredicto. 
Siberia, 30 de junio de 1908: una brillante bola de fuego atraviesa ardiendo la atmósfera de la Tierra, explotando a una altura de 8.000 m sobre el valle rocoso del río Tunguska. La explosión fue equivalente a la de una bomba nuclear de doce megatones y medio. Según una teoría popular, la explosión de Tunguska fue en realidad una ráfaga nuclear causada por el incendio de una nave espacial atómica. Pero otra importante teoría afirma que el objeto de Tunguska era la cabeza de un pequeño cometa. ¿Con qué evidencias contamos para apoyar estas dos teorías opuestas? 

Algunas claves importantes para determinar la naturaleza de la explosión se obtuvieron en el transcurso de tres expediciones al lugar, en 1958, 1961 y 1962, dirigidas por el geoquímico soviético Kirill Florensky. La expedición de 1962 utilizó un helicóptero para explorar el área del desastre. En lugar de buscar grandes fragmentos de meteoritos, como lo había hecho Leonid Kulik a finales de los años veinte, el equipo de Florensky analizó cuidadosamente el terreno a fin de encontrar partículas microscópicas que pudieran haberse desparramado durante el incendio y desintegración del objeto de Tunguska. La búsqueda dio los frutos esperados. Los científicos lograron delimitar una estrecha franja de polvo cósmico extendida a lo largo de 250 kilómetros hacia el noroeste del lugar de la explosión, compuesto por magnetita (óxido de hierro magnético) y pequeños cristales de roca fundida. 

Estas muestras obtenidas del objeto de Tunguska debieran haber bastado para acabar con la controversia acerca de su origen de una vez por todas. En 1963 Florensky escribió un artículo sobre sus expediciones en la revista Sky & Telescope. El artículo llevaba por título "¿Chocó un cometa con la Tierra en 1908?". Entre los astrónomos, la teoría del cometa siempre ha sido la preferida. En su artículo decía Florensky que este punto de vista "estaba ahora confirmado". 

Control de radiación 
La expedición de Florensky controló cuidadosamente la existencia de radiación en la zona. El equipo informó que la única radiación hallada en los árboles del área de Tunguska era polvillo radiactivo proveniente de pruebas atómicas que había sido absorbido por la madera. El grupo científico dirigido por Florensky también examinó en detalle la aceleración del crecimiento del bosque en la zona devastada, que algunos habían atribuido a los perjuicios genéticos causados por la radiación. Los biólogos concluyeron que únicamente se había producido una aceleración del crecimiento, normal después de un incendio (fenómeno bien conocido). 
Pero, ¿a qué se debieron entonces las "costras" con que quedaron cubiertos los renos de la zona después del estallido? Ante la falta de un informe veterinario, sólo se puede especular, pero lo más probable es que no fueran provocadas por la radiación atómica, sino simplemente por la enorme ráfaga de calor que siguió a la explosión y que también provocó el incendio de los bosques. 

Los que creen en la teoría de una explosión nuclear citan las investigaciones realizadas en 1965 por tres físicos norteamericanos, Clyde Cowan, C.R. Atluri y Willard Libby, quienes hallaron un aumento, que cifraron en un uno por ciento, en el nivel de radiocarbono contenido en los anillos de los troncos de los árboles tras la explosión de Tunguska. Una explosión atómica deja en libertad una ráfaga de neutrones, que convierten el nitrógeno atmosférico en carbono 14 radiactivo, y que es absorbido por las plantas junto con el carbono corriente durante un proceso normal de fotosíntesis. Si la explosión de Tunguska fue nuclear, sería de esperar un exceso de radiocarbono en las plantas que entonces se encontraban en crecimiento. 

Para probar esta hipótesis los científicos americanos analizaron tres anillos de un abeto tipo Douglas de trescientos años, proveniente de los Montes Catalina, cerca de Tucson (Arizona), y también de un viejo roble de un bosque próximo a Los Ángeles, hallando que el nivel de radiocarbono en ambos árboles había ascendido sólo en un 1 % entre 1908 y 1909. Un importante chequeo doble fue efectuado por tres científicos holandeses en un árbol proveniente de Trondheim (Noruega), mucho más cercano al sitio de la explosión, donde sus efectos deberían haber sido mucho más evidentes. En vez de encontrar un aumento de radiocarbono en 1909, lo que hallaron fue un descenso constante de aquel nivel durante esa época. Por lo tanto es posible que el aumento detectado en los árboles americanos por Cowan, Atluri y Libby se deban a efectos locales y no a la explosión de Tunguska. 

Modelo de destrucción 
Finalmente, ¿qué decir del grupo de árboles que quedaron en pie en el centro de la zona afectada por la explosión de Tunguska -al igual que quedaron árboles debajo del punto de explosión de la bomba de Hiroshima- y de la "columna ardiente" vista después de la explosión? De hecho, estos efectos no se producen únicamente tras un estallido nuclear. Cualquier explosión va acompañada de una ascensión de aire caliente y de una humareda. Frecuentemente se producen explosiones de brillantes bolas de fuego cuando penetran en la atmósfera trozos de escombros provenientes del sistema solar; afortunadamente para nosotros, la mayoría de ellos son mucho más pequeños que el objeto de Tunguska. 




Una explosión de cualquier tipo dejaría un grupo de árboles en pie, como ha sido demostrado por los experimentos en pequeña escala realizados por Igor Zotkin y Mijail Tsikulin, miembros de la comisión investigadora de meteoritos de la Academia de Ciencias de la URSS, quienes provocaron pequeñas explosiones sobre un bosque piloto, logrando reproducir el modelo de árboles derribados, incluido el grupo central no afectado. 

En consecuencia, parece que toda "evidencia" a favor de la teoría de una explosión nuclear queda reducida a una mala interpretación o a una distorsión malintencionada. 

Sorprendentemente, el suceso de Tunguska se repitió en una escala menor sobre América del Norte la noche del 31 de marzo de 1965. Una zona de aproximadamente un millón de kilómetros cuadrados, correspondiente a Estados Unidos y Canadá, fue iluminada por la caída de un cuerpo que hizo explosión sobre las ciudades de Revelstoke y Golden, 400 kilómetros al sur de Edmonton (Alberta, Canadá). Los habitantes de aquellas ciudades hablaron de un "rugido atronador" que sacudió y rompió las ventanas. La energía liberada fue equivalente a varios kilotones de TNT. 

Los científicos determinaron el punto de impacto del meteorito y se pusieron en camino para encontrar un cráter, tal como había hecho Leonid Kulik en Siberia medio siglo antes. Como él, tampoco lograron encontrarlo. Sólo cuando los investigadores se dirigieron a la zona a pie, pudieron ver que la nieve estaba cubierta por un extraño polvo negro a lo largo de varios kilómetros. Se recogieron algunas muestras de este polvo y, tras un análisis, se comprobó que su composición era la misma que la de un tipo particularmente frágil de meteorito conocido como condrito carbonáceo. El objeto de Revelstoke hizo explosión, fragmentándose, a mitad de camino entre la atmósfera superior y la Tierra, originando una lluvia de miles de toneladas de polvo negro desmenuzado sobre la nieve. Significativamente, también los testigos de la explosión de Tunguska describieron una "lluvia negra" semejante. 

Las pruebas decisivas para asegurar que el objeto que hizo explosión en Tunguska era de naturaleza meteorítica las facilitan los resultados de las últimas expediciones soviéticas al lugar, comunicados en 1977. Las partículas microscópicas de piedra halladas en las capas dejadas por la explosión de 1908 tienen la misma composición que las partículas cósmicas recogidas por los cohetes en la atmósfera superior. Se calcula que miles de toneladas de este material se encuentran dispersas alrededor de la zona del impacto. Junto a estas partículas de roca espacial figuran partículas melladas de hierro meteórico. Los investigadores soviéticos concluyeron que el objeto de Tunguska era un cometa compuesto por condrito carbonáceo. Esto no resulta sorprendente, pues los astrónomos han estado descubriendo que una composición de condrito carbonáceo es característica de los escombros interplanetarios. 




Un acontecimiento como el de Tunguska puede repetirse. Los astrónomos han descubierto cantidad de pequeños asteroides cuyas órbitas atraviesan la trayectoria de la Tierra. Por ejemplo, en 1976, sólo por cuestión de horas no se produjo una nueva colisión, al pasar un asteroide previamente desconocido a una distancia de 1.200.000 kilómetros de la Tierra. Según los cálculos de los astrónomos, un objeto del tamaño del de Tunguska se estrella contra la Tierra con una frecuencia de una vez cada dos mil años. Por lo tanto, es sólo cuestión de tiempo: se volverá a producir un nuevo choque, y la próxima vez puede que ocasione perjuicios muy grandes. 


Fuente: lo-inexplicable.com.ar